No eres tú, es tu cerebro

Cambiar cuesta. Punto.

Cambiar requiere esfuerzo y vulnerabilidad. Requiere un sin número de emociones incómodas que no nos gusta sentir.

Ya sea que quieras crear una empresa social, aplicar a un cargo directivo, cambiar tu estilo de liderazgo, mejorar tu relación de pareja o con tus hijas/os, cambiar de país o de carrera, bajar de peso o mejorar tu salud mental y emocional, si es algo diferente a lo que tienes y has hecho hasta ahora, va a ser difícil. Si fuera fácil, ya lo hubieras hecho.

La explicación podemos encontrarla en nuestro cerebro. Todos los seres humanos tenemos tres cerebros: El cerebro reptiliano o primitivo, el más antiguo de los tres, es el encargado de garantizar nuestra sobrevivencia como especie y por tanto su misión es: evitar cualquier tipo de dolor, buscar placer, y ahorrar energía. Todo lo que no responda a una de esas 3 necesidades, es considerado un riesgo inminente a tu sobrevivencia y tu cerebro primitivo se encargará por todos los medios de boicotearlo.

El problema es que el cerebro primitivo aún cree que estamos en la época de las cavernas. Para este cerebro toda incomodidad es sinónimo de dolor y por tanto de peligro, así que no diferencia una herida mortal de la vergüenza de hablar en público.

Segundo, no distingue la “calidad” del placer que obtenemos. Las cosas que aportan a nuestro bienestar integral (comida saludable, meditación, sexo seguro, alcanzar de metas) produce un placer menos intenso en el cerebro que los “placeres enlatados” del mundo moderno (azúcar en todas sus formas, todas las adicciones y tipos de drogas, televisión o redes sociales en exceso, etc.).

Y tercero, tampoco entiende que ya no necesitamos ahorrar tanta energía para sobrevivir. No sólo hemos acumulado suficientes calorías para cumplir con nuestras funciones y las actividades diarias, pero además, la vida se ha facilitado enormemente gracias a la tecnología.

Cuando tu cerebro primitivo percibe la posibilidad de que puedas experimentar algún tipo de algún tipo de dolor (real o imaginario), enviará señales a tu cerebro límbico o emocional para que este emita vibraciones incómodas – emociones negativas- y te haga sentir tan mal (recuerda como se siente el miedo, los nervios, el pánico escénico, la tristeza profunda, etc.) que reacciones dejando de hacer lo que estabas haciendo o no haciendo lo que planeabas hacer para evitar sentirlas. No soportamos las emociones incómodas, pero no porque sean realmente intolerables o peligrosas, después de todo, sólo son vibraciones en nuestro cuerpo, sino porque nuestro subconsciente las asocia con la muerte. En el caso del placer es el mismo proceso pero a la inversa. El cerebro mandará señales al cerebro emocional para que emita vibraciones agradables que te impulsen a hacer o consumir cada vez más de aquello que nos provoca el mayor nivel de placer.

Por último, en su afán de ahorrar energía para garantizar la sobrevivencia, el cerebro primitivo va a boicotear cualquier esfuerzo que considere “innecesario”. Incluso hábitos súper dañinos como fumar son difícil dejarlos porque una parte de nuestro cerebro (el primitivo) dice “si no me he muerto aún, es posible que pueda seguir saliéndome con la mía un rato más”. Ningún esfuerzo de cambio “valdrá la pena” (literalmente!) hasta que el dolor percibido por no cambiar sea mayor que el que implica el cambio (por ejemplo, cuando ya nos diagnosticaron cáncer del pulmón).

Por otro lado, el mínimo esfuerzo también implica automatizar la mayor cantidad de actividades y pensamientos cotidianos. Imagínate la cantidad de energía que gastarías si tuvieras que pensar sesudamente cómo lavarte los dientes o cómo caminar de un lugar a otro de la sala. Hacemos la mayoría de nuestras actividades diarias “sin pensar”, de modo automático. Una vez que aprendemos algo, el cerebro lo manda al archivo de donde lo saca cada vez que lo necesita. Pensamos en piloto automático y por ello pensamos las mismas ideas una y otra vez.

Para poder cambiar un hábito, hacer algo que nunca hemos hecho, crear algo nuevo o cambiar la forma en que interactuamos con las situaciones y personas, tenemos que invertir esa “traída motivacional” que nos ayudó a sobrevivir, pero no nos deja evolucionar.

Aquí es donde entra en juego el tercer cerebro, el cerebro racional, que es el más evolucionado que tenemos. El cerebro racional puede ayudarnos a pensar de forma consciente e intencional y tomar decisiones que nos ayuden a superar los instintos primitivos de sobrevivencia en pro de la evolución.

De forma consciente y planificada, podemos sacrificar el placer inmediato y superficial en pro del bienestar integral, la satisfacción y la realización a largo plazo. También es posible aprender a entender, sentir y convivir con las emociones, todas, las cómodas (o positivas) y las incómodas (o negativas) para que dejen de asustarnos y nos permitan actuar en pro de los resultados que queremos. Es la única forma de evolucionar, y vale la pena hacerlo.

¿Qué placer o comodidad estás dispuesta a sacrificar para lograr lo que realmente quieres en la vida? ¿Qué emoción incómoda estás dispuesta a sentir para que no vuelva a paralizar tus esfuerzos? Te ofrezco llamada de cortesía conmigo para que exploremos juntas lo que implicaría para ti lograr esa meta que tanto deseas. Qué estás esperando?

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